A la iglesia se la está comiendo la corrupción por dentro. No viene de afuera. No son las ideologías del mundo ni los ataques de los incrédulos. Es adentro, donde la cizaña ha crecido tanto que ya no solo se mezcla con el trigo: se ha subido a los púlpitos a mandar sobre el pueblo de Dios.
Sobre el papel, la IPUC tiene estatutos sumamente claros: el adulterio, el robo y los delitos ameritan la destitución inmediata del ministerio. Al pastor sin palanca el estatuto se le aplica al pie de la letra: es removido y pierde la credencial. Y eso es lo correcto.
Pero cuando el implicado tiene palanca con el supervisor, el supervisor se hace el ciego. El caso se engaveta «para cuidar la imagen de la obra», le dan un descanso simbólico de unos meses y lo trasladan a otra congregación que no sabe nada.
Eso no es gracia: es un favor. Y el que recibe un favor así, queda debiendo.
«Guarda estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad.»
1 Timoteo 5:21Una congregación grande necesita un pastor probado: con fruto, con madurez y con experiencia para guiarla. Cuando la iglesia se asigna por palanca y no por fruto, la que pierde es la congregación: recibe al pastor al que le estaban pagando un favor, no al que estaba preparado para cuidarla. Asignar iglesias es la decisión más importante de un distrito. Y se hace así:
No subió por respaldo de Dios: subió por palanca. Y eso tiene nombre: corrupción.
«No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos.»
1 Timoteo 5:22Supervisores, presbíteros y secretarios cambian cada periodo. Pero los eligen los pastores del distrito: los mismos a los que les dieron iglesia, les subieron de categoría o les perdonaron lo imperdonable. Nadie vota contra el hombre al que le debe el púlpito. Favores a cambio de votos: eso es corrupción, aunque se haga con la Biblia en la mano.
La deuda se convierte en voto. El voto renueva el poder. El poder reparte más deudas.
Cuando se desocupa una iglesia grande, no se abre para todos. Pasa de mano en mano dentro de una lista corta que todos los pastores conocen y nadie dice en voz alta.
Seamos justos: la mayoría de esos pastores tienen experiencia y don, y no son corruptos. Pero casi ninguno habla.
El silencio del decente es lo que sostiene al corrupto.
No es casualidad. El sistema premia al que sabe conseguir palanca. Y ese mismo hombre, ya en la iglesia grande, se congracia con el dinero: arriba adula al supervisor, abajo visita las fincas de los miembros adinerados.
Corren a atender de inmediato las llamadas de los que tienen dinero e influencia; pero no tienen media hora para orar por el creyente humilde ni les importa la hermana viuda que no tiene para el sustento diario.
«¿No hacéis distinciones entre vosotros y venís a ser jueces con malos pensamientos?»
Santiago 2:2-4 · Ezequiel 34:2-4Congregaciones grandes se meten en remodelaciones innecesarias cada pocos años: cambian pisos en perfecto estado, botan silletería o endeudan a la iglesia para levantar mega-templos, «miren el templo que yo construí». A pocos kilómetros hay congregaciones que ni siquiera tienen un micrófono digno y sufren cada fin de mes para que no las desalojen del local alquilado.
Tenemos pantallas gigantes y sonido de última tecnología, pero se perdió la gloria porque cambiamos la presencia del Espíritu Santo por la politiquería de hombres.
Si queremos que el mundo crea en Cristo, la iglesia debe sacudirse de la figura del pastor negociante y aprovechado. Nadie va a creer en el evangelio si los que se dicen sus siervos viven como mercaderes de la fe.
Nuestros jóvenes entran al templo buscando un camino a la paz con Dios y encuentran un laberinto de juegos sociales, apariencias y hombres interesados en el poder.
El sacerdote Elí sabía que sus hijos usaban el santuario para enriquecerse con las ofrendas y para fornicar en la entrada del tabernáculo. Los amonestó con tibieza, pero jamás los destituyó. Prefirió alcahuetear a su familia antes que honrar la santidad del altar.
«¿Por qué has honrado a tus hijos más que a mí?»
1 Samuel 2:29Murieron los hijos, cayó la casa sacerdotal y la gloria de Dios se apartó (Icabod). Hoy la cúpula comete el mismo pecado: blindar a sus amigos y a sus hijos, mientras la presencia de Dios se extingue.
El mismo Señor que entró al templo de Jerusalén con un látigo de cuerdas para volcar las mesas de los cambistas, hoy entraría a expulsar a quienes convirtieron el altar en un negocio de poder, influencia y dinero.
Hombres que no llegaron al ministerio a servir con temor al rebaño, sino a construirse una carrera terrenal a costa de la fe y el sacrificio de los sencillos.
«Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.»
Juan 2:16Crecimos en estas bancas. Creemos lo mismo que usted. La doctrina no está en juicio, ni el bautismo, ni el Espíritu Santo.
Lo que está en juicio es la administración: a quién se le da cada iglesia, a quién se le aplica el reglamento y a quién no, y quién vota por quién. Cuando alguien pregunta por eso, le responden como si hubiera cuestionado a Dios. Ese es el escudo que ha protegido todo lo que acaba de leer.
La tibieza moral y el silencio cómplice no son prudencia bíblica. Saber lo que pasa y quedarse callado también tiene nombre en la Biblia.
«Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.»
Santiago 4:17Romper el silencio no es atacar la obra de Dios: es defenderla de quienes la convirtieron en su negocio.
Dos cosas:
Votar distinto cambia a las personas. Solo cambiar las reglas impide que el círculo se vuelva a armar. Y esto no es traer el mundo a la iglesia: es volver a Hechos 6.